miércoles, 24 de septiembre de 2008

El motín de los tres antonios


Bajo el gobierno de Benavides se denunció la existencia de una conspiración destinada a obtener la Independencia de Chile y conocida en nuestra historia con el nombre de “conspiración de los tres Antonios”.


Dos franceses de modesta situación Antonio Gramusset, inventor fantástico y agricultor fracasado, y Antonio Berney, profesor de latín y matemáticas, llevados de su admiración por las ideas de los filósofos y de los economistas de siglo, creyeron en la posibilidad de hacer de Chile un estado soberano mediante una revolución contra las autoridades españolas. Les alentaba el ejemplo de la rebelión de las colonias inglesas de América del Norte.


Berney, que aspiraba a ser el legislador de la nueva república, había redactado las bases de su constitución política. Según ellas, el gobierno lo ejercería un poder ejecutivo colegiado, formado por un senado cuyos miembros serían elegidos por el pueblo. “Los araucanos enviarían, como los demás habitantes, sus diputados a esta asamblea. La pena de muerte no debía aplicarse a ningún reo. La esclavitud sería abolida; no habría jerarquías sociales; las tierras serían repartidas en porciones iguales. Luego que la revolución hubiera triunfado se levantaría un ejército ; se fortificarían las ciudades y las costas, no con el objeto de que Chile diera rienda suelta a la ambición de las conquistas, sino con el objeto de que se hiciera respetar, y no se atribuyera a debilidad las concesiones que le dictaría la justicia. Entonces se decretaría la “libertad de comercio” con todas las naciones del orbe, sin excepción, incluso los chinos y los negros, incluso la España misma que había pretendido aislar a la América del resto de la tierra. Berney, reconociendo la unidad del género humano, proclamaba la fraternidad de las razas como proclamaba la fraternidad de los ciudadanos de una misma republica”.


Los dos franceses se pusieron en contacto con el rico mayorazgo don José Antonio de Rojas, que residía en su hacienda de Polpaico, y, al parecer, no desaprobó sus proyectos, a pesar de ser descabellados. Rojas, que acababa de regresar de España, donde había permanecido por varios años realizando inútiles gestiones ante la corte, era un hombre culto, muy dado a los estudios filosóficos y científicos, afecto a la ideología de los filósofos y de los economistas, y decidido enemigo de la metrópoli.


A pesar del secreto guardado por los conspiradores, fueron denunciados al regente de la real audiencia. Este tribunal, de acuerdo con el gobernador Benavides, redujo a prisión a Berney y Gramusset, los sometió a proceso y los envió a Perú, a disposición del virrey (1781). Allí permanecieron cuatro años en al cárcel, siendo embarcados para España solo en 1784, con tal mala suerte para ellos que Berney pereció un naufragio frente a las costas Españolas y Gramusset murió en uno de los castillos de Cádiz en 1786.


La prisión y el proceso de Gramusset y Berney se realizaron con la más absoluta reserva, exigiéndose a todos los que participaron en estos actos, fuesen jueces, policías o testigos, el juramento de no revelar cosa alguna. Los propios cronistas de la época parece que ignoraron todo lo referente a la conspiración de los tres Antonios, pues en sus obras no hacen la menor referencia a ella.


En cuanto a Rojas y otras personas de alta situación, que aparecían comprometidas en las declaraciones de los dos franceses, no fueron llamadas a declarar ni se les molestó en lo más mínimo, extraña actitud de la justicia colonial, y que solo se explica por el deseo de evitar trascendiese al pueblo, por temor de que el intento revolucionario tomase cuerpo y pudiesen repetirse en Chile sucesos parecidos a la sublevación de Tupac Amaru en el Perú. Se llegó hasta a suspender la instrucción de las milicias.

No hay comentarios: